La intensidad cordobesa de El Pele con sus soleares espeluznantes, de erizar los pelos, sin medias tintas, poderío de arriba abajo; las guajiras juguetonas y retrecheras de Miguel Poveda, con el aroma de un Caribe flamenco que pasa por Marchena…; el tremendo ayeo lamentoso de Duquende, seguiriyero del siglo XXI de camaronero eco; a la Huelva que su padre amó nos regresa Estrella Morente con la belleza de los fandangos que mece, que acuna; de Jerez, por tientos. Jesús Méndez con sus dones, ese rajo varonil de primera y la pincelada caracolera; el trayecto por tangos que de Cuba a Triana nos descubrieron la Niña de los Peines, Naranjito, El Titi o Matrona, lo recorre fiel y a su dulce modo Rocío Márquez; Arcángel, maestro de la ceremonia cantaora, se reserva la buleria, en un florilegio de estilos cortos jerezanos y gaditanos del ayer rebujados con conceptos a la moderna guisa; Pitingo revive las malagueñas de aquel Gayarre Chico que Chacón encumbró, con sobrada personalidad, dominio y el temple moreno de su antepasado Mojama; los aires abandolaos, desde Lucena a la jabera malagueña para rematar en su Granada, suenan derechos y medidos en la voz erguida de Marina Heredia, empezando por los fandangos del Niño Gloria y rematando por Caracol, de Jerez a la Alameda sevillana que ensalzó Mairena, con flamenca prosapia, con regusto cabal dice Antonio Reyes la bulería por soleá; concluye por renovadas y sentenciosas cantiñas, Esperanza Fernández con su gitanería de femenina condición… y, sola la sonanta, Dani de Morón con una granaína de ahondar y mucho emocionar, porque llega de profundis, para abrochar ontológicamente.